El gobierno de la palabra

Soy minero

In Actualidad, Lágrimas de veleta on 12 de julio de 2012 at 18:54

Traigo a colación el titulo de la famosa canción interpretada por Antonio Molina para expresar mi total solidaridad hacia las reivindicaciones de los mineros asturianos, que están viendo peligrar sus puestos de trabajo y, por ende, sus sustentos vitales y de sus familias, debido, una vez más, a los recortes del gobierno de Mariano Rajoy. No creo que constituya ningún ejercicio de demagogia el hecho de comparar el tipo de recortes que el gobierno está llevando a cabo en relación con los sectores a los que van dirigidos dichos recortes, frente a lo que supone la acción contraria: las inyecciones de dinero público y su relación con los sectores beneficiados del rescate correspondiente. ¿Por qué tenemos que financiar con nuestros impuestos a una casta de banqueros, grandes empresarios y especuladores que nos han llevado a la ruina y no podemos mantener las subvenciones de un gremio tan venerable e históricamente importante como es el de los mineros españoles?

Yo no soy economista, pero no estoy por la labor de creerme esa afirmación según la cual resulta más rentable traer el carbón del extranjero que extraerlo de nuestras robustas minas del norte de España. Por otra parte, esas subvenciones no son ningún regalo, porque los mineros tienen que vivir de algo, y si los poderes fácticos se empeñan en destruir nuestras industrias tratándonos de hacer creer que no son rentables debido a quién sabe qué ocultas intenciones, el Estado tendrá que proteger a este colectivo de profesionales que, no lo olvidemos, trabajan en condiciones durísimas, picando piedra, metidos en cuevas, inhalando unas sustancias tóxicas que condenan a muchos de ellos a muerte prematura por enfermedades pulmonares.

Las subvenciones que reciben los mineros son tan necesarias para su subsistencia como lo es el PER para los agricultores andaluces. Forman parte del conjunto de las coberturas sociales que el Estado debe proporcionar a los ciudadanos en general, y a los más desfavorecidos, como es el caso, en particular. Para eso pagamos nuestros impuestos: para que sean distribuidos con criterios de progresividad y solidaridad. Y esto no es parasitismo, ni chupopterismo. Es, simple y llanamente, justicia social.

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